Mi historia con el ejercicio (y cómo dejé de verlo como algo de "imbéciles")

Un viaje personal desde la pereza y la vergüenza hasta convertir el ejercicio en una necesidad. No hay genes especiales, solo un proceso que merece la pena.

Hubo un tiempo en el que tenía una opinión muy clara sobre la gente que entrenaba. Y no era precisamente buena.

Los veía y pensaba que solo perseguían una cosa: verse bien para gustar a los demás. Ese era su único motor, y a mí me parecía un motivo vacío, casi indigno. Me sentía superior porque yo "invertía mi tiempo en cosas más importantes", como estudiar o leer.

Por supuesto, esa forma de pensar no me llevaba a ningún sitio bueno.

Menos mal que la vida se encargó de darme unos cuantos golpes de realidad.

El día que las escaleras me dieron un aviso

Recuerdo llegar a un primer piso y estar completamente agotado después de subir unas simples escaleras. Fue una de esas pequeñas humillaciones que te hacen plantearte todo. Ahí me di cuenta de que mi posición de superioridad era solo una excusa para no enfrentarme a algo que me daba pereza y vergüenza.

Mi visión dio un giro de 180 grados: entrenar dejó de ser algo que hacían los "inútiles" para convertirse en algo que, si no hacía yo, me convertiría en uno.

Porque cuando entrenas, no solo estás construyendo músculo. Estás construyendo un futuro en el que puedes valerte por ti mismo cuando seas mayor. En el que puedes jugar con tus nietos, hacer senderismo con 80 años o, simplemente, hacer la compra sin ayuda con 90. Eso, para mí, es una victoria enorme.

Del odio a la necesidad

Empecé entrenando fuerza en casa con mi hermano. Y no te voy a mentir: lo odiaba. Cada sesión era una lucha interna para no dejarlo. Pasaron años así. Años en los que pensaba que nunca, jamás, llegaría a disfrutarlo.

Pero con el tiempo algo cambió. No diría que empezó a gustarme, sino que mi cuerpo empezó a exigírmelo. El día que no entrenaba me sentía mal.

Encontrar un camino que me motivaba

Aunque la constancia estaba ahí, no me sentía motivado. Necesitaba encontrar algo que me gustara. Por aquel entonces descubrí un canal que se llamaba Cali Move. Eran dos chicos enseñando calistenia, haciendo cosas como dominadas a una mano o ejercicios en anillas. Me resultaban hipnóticos.

Durante unas vacaciones en Ámsterdam, mi hermano compró unas anillas. A la vuelta, las probamos en un parque. Las colgamos de una rama y nos pusimos a hacer dominadas y flexiones. La sensación fue tan buena que marcó el inicio de la transición: dejamos de entrenar en casa para hacerlo en el parque.

Fue una buena época. Entrenábamos fuera tanto en los días más calurosos de agosto como en los más fríos de febrero.

La necesidad de ir al gimnasio

Solo había un problema: la pierna. Entrenarla en casa con mancuernas ya se me quedaba corto. Y no hay mucha carga para hacerlo con calistenia. Si quería seguir progresando, necesitaba más peso y, por tanto, un gimnasio.

Y aquí es donde apareció mi gran miedo.

Siempre me había dado vergüenza apuntarme a un gimnasio. Me imaginaba sintiéndome perdido, haciendo el ridículo y que los demás se rieran de mí. La típica historia.

Por suerte, un compañero de trabajo, que era adorable y fuerte como una mula, me invitó a probar con él. Me enseñó a hacer ejercicios de pierna con buena técnica, como sentadilla con barra o peso muerto.

Ese fue el empujón que necesitaba. Tardé un tiempo en decidirme, pero me apunté a otro gimnasio. Solo. Pero ya tenía la experiencia que me daba un poco de confianza.

Desde entonces, no he vuelto a entrenar en casa.

Por qué te cuento todo esto

Te cuento mi historia para que entiendas que la gente que entrena de forma consistente no nacemos con un gen especial. No nos libramos de la pereza ni de la vergüenza de empezar. También hemos pasado por esas fases.

Para mí, el proceso fue lento. Tardé años en llegar a sentir la necesidad de hacer ejercicio. Pero fue la mejor inversión que he hecho en mi bienestar.

Tal vez a ti te lleve menos tiempo, o quizá más. Da igual. Lo importante es saber que es un camino que merece la pena, y que no estás solo en él.

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